sábado, 6 de julio de 2013

LA ESPAÑA DEL PRORRATEO

España se ha convertido en un país de tiesos de quiero y no puedo, de cinturones apretados y de sudores fríos cuando se paga la cuenta del super, y la del IBI, y la de la hipoteca y la de esos otros navajazos disfrazados de impuestos que poco a poco se van comiendo nuestros ahorros y tensan aún más la cuerda de la supervivencia digna. Se bajan los sueldos y afortunados los damnificados porque tienen empleo. 
Hay que redimirse de los excesos. Durante muchos años, millones de españoles hemos gastado por encima de nuestras posibilidades. Las pagas prorrateadas de mileuristas, las horas extras no remuneradas de jornadas laborales interminables, las hipotecas sin techo pero con suelo, la energía a coste de saldo, el IVA y la burbuja de precios del euro nos dieron demasiado margen para convertirnos en derrochadores. 
Sobraba el dinero por todas partes y se nos fue la cabeza. Ahora que no hay empleo y se ven menos nóminas que linces, los prorrateados, los que vivíamos tan bien  porque dábamos gracias al cielo por tener un trabajo, aunque jamás conocimos paga extra, nos hemos visto obligados para llegar sí o sí a fin de mes a vender nuestro coche de lujo, el chalé en la costa, el ático en el centro y el barquito de 12 metros.  En fin, fue bonito mientras duró, al menos para los que lo tuvieron. Los españoles prorrateados, -me temo que la inmensa mayoría-, los que en la bonanza económica llegaban al día 30 por los pelos y un poco más (y ahora si llegan es casi un milagro) sin embargo siguen sin entender nada. ¿Qué hicimos nosotros para merecer esto? 




viernes, 28 de junio de 2013

A LA PLAYA, QUE TODAVÍA ES GRATIS


Ha llegado el verano y la crisis sigue pegada a la cartera como una lapa. La playa se ha convertido en la única tabla de salvación vacacional de los millones de españoles que han tenido que volver a tirar de arroz, garbanzos y macarrones para llegar a fin de mes. 
Siempre llena con el cartel de "no va más toallas". A quién le importa la calor y la arena pegajosa, el coñazo de cargar con los aperos del buen dominguero, el insortable olor a aliño de la ensalada del vecino, estar sentado a media cuarta de los pies de otro, las caravanas kilométricas o esos modelitos de baño pa denunciarlos a la Fiscalía por corrupción del buen gusto. 
Todo se aguanta. Y entonces, ¿por qué somos tan playeros? Por una simple cuestión genética. Estamos en España, el país del "me llevo este boli porque lo regalan, aunque en realidad ni pinta ni me hace falta". La playa gusta básicamente porque es gratis. No hay que pagar por usarla. Todavía, y a Dios gracias, a nadie de los de arriba se le ha ocurrido cobrar la entrada, ni se han inventado ninguna tasa de sostenibilidad litoral grabando el exceso de baño o de sol para los que se pongan morenos. 
El día que lo hagan, -si se cobra un euro por receta podría también cobrarse un euro por sombrilla-, la playa perderá su encanto y habrá que buscarse otro sitio donde campar libremente a nuestras anchas sin tener que rascarse el bolsillo ni rendir cuentas al fisco. 

miércoles, 12 de junio de 2013

LOS RECOGEPELOTAS DEL TENIS

Ni los ocho Roland Garros de Rafa Nadal ni las horas y horas de televisión contemplado su epopeya han servido para mover conciencias. Es hora ya de una vez por todas de romper una lanza en favor de los recogepelotas, los auténticos jornaleros del tenis. Estas criaturas sí que se merecen levantar una ensaladera, aunque sea de papas aliñás, porque se lo currán más que un becario japonés. Nobles, diligentes, educados y eficientes como ellos solos, aguantan sin despeinarse y con disciplina espartana las mil y una órdenes y tareas que desempeñan a velocidad supersónica durante un partido. 
Cuando la bola está en juego, tiesos y quietos ahí como una máquina de tabaco. Si la pelota se va al carajo, a por ella en 0,3. Cuando la tienen, raudos al rincón, pose hierática brazo en alto para que el jugador elija la buena y le tire la sobrera con desdén y sin mirar hacia dónde. 
Con el tenis moderno las obligaciones del recogepelotas se han multiplicado exponencialmente. Lo que antes era para ellos un respiro, -el cambio de campo-, ahora es un momento infernal, casi tan insufrible como la cola del paro en hora punta.  
En ese interminable minuto y medio, el tenista sufre una extraña metamorfosis y se transforma en consentido cliente de resort de 5 estrellas pero con peluco caro en vez de pulserita chillona. Comienza entonces el rosario de exigencias para tormento del recogepelotas: Que si el botellín de agua fría, el del Isostar rosa, la toalla, ponme el hielo por el cuello que no veas la que está cayendo en Melbourne, el plástico de la raqueta nueva, pélame el platanito, inclina más la sombrilla, tira esto a la papelera, dile al juez de silla de mi parte que me cago en sus muelas porque "la bola entró"... El día que estas criaturas se cansen, funden un sindicato y exijan un convenio colectivo, veríamos a ver qué pasa con los Grand Sland, los Master 1000 y la Copa Davis. Y luego dicen que el tenis ya no es un deporte de señoritos. Pues a veces lo parece.

viernes, 24 de mayo de 2013

EL HOMBRE, EL MEJOR AMIGO DEL PERRO


Es mentira que el perro sea el mejor amigo del hombre. Ahora es más exacto decir que el hombre es el mejor amigo del perro. En pleno siglo XXI en demasiadas familias más parece que el dueño sea el can y la mascota el humano. Los papeles se han invertido de tal forma que da miedo pensar que en un futuro próximo la tierra podría convertirse en la versión canina del Planeta de los Simios. 
Se ha perdido tanto la perspectiva que aceptamos como normales situaciones que rallan la ridiculez. No basta con que perfumen la casa con su olor corporal y la inunden de pelos,  marquen la ruta del paseo diario, destrocen muebles a mordiscos, ahuyenten a  las visitas, se acuesten en nuestra cama o se cepillen los cojines con total impunidad delante de los peques y se queden tan Panchos, como el de la Primitiva:  "Animalito, el instinto"
Los perros acaban controlando los sentimientos de sus "amos". Solo necesitan poner carita tierna o levantar una pezuña para ganarse el enésimo comodín de la impunidad.
Ya quisieran algunos críos que sus padres fueran tan indolentes, atentos y cariñosos con ellos como lo son con el Kenny, el Yaki o la Nora. A los que salen a la calle a las tantas para sacar a la mascota y se llevan su bolsita para limpiar la mierdecilla habría que preguntarles cuántas veces se levantaron de madrugada para hacer un biberón o si alguna vez cambiaron un pañal con la caquita aún calentita de su bebé. Estremece comprobar con qué buen ánimo recogen las heces caninas algunos amos -si el "regalito" fuera humano, se les revolvería el estómago, seguro-.
Y encima agradecidos porque la limpian. Mejor ni hablar de cómo está la vía pública por culpa de los que miran para otro lado cuando su mascota riega un esquina para marcar su territorio o deja una buena mortelá en medio de la cera. Si una persona hace eso mismo en la calle, multazo gordo, con toda la razón. Entonces, ¿por qué se hace la vista gorda con los perros?
No estaría mal poner un  poco de cordura en este mundo al revés. Hombre y can en armonía, pero cada uno en su sitio. Los perros gustan, pero educados y razonablemente domesticados. A los animales, quererlos y respetarlos, pero de ahí a atribuirles facultades humanas va un abismo. A veces la adoración extrema y los excesivos cuidados pueden ser también una falta de respeto para ellos.

domingo, 28 de abril de 2013

TODO A LO GRANDE, PARA NO SER MENOS

Aunque fastidie reconocerlo, nada mejor que una crisis por derecho para acabar con ese ataque colectivo de histeria consumista que arrasaba con todo. En esta espiral del derroche, resultaba -y aún resulta- especialmente sangrante el capítulo de gastos dedicados a parabienes infantiles. Rousseau ya lo advirtió: "el mundo comenzó a desfasar cuando alguien dijo ´esto es mío´. Un día alguien fue el primero en parcelar su propia tierra. Poco después todos comenzaron a imitarle. ¿Por qué lo hicieron? La respuesta es: simplemente para no ser menos. Siglos después, ese "para no ser menos" intimida de tal forma en esta estúpida comunidad global que la gente es capaz de embarcarse en cualquier despilfarro con tal de no "decepcionar" al colectivo que impone y asume esa "costumbre", por muy absurda, extravagante o inasequible que pueda ser. De nada sirve que en petit comité todos reconozcan que las cosas se nos van de las manos. Lo importante es que, en este caso concreto, la criatura no se sienta inferior al resto siendo el protagonista de un evento de perfil bajo. Menudo error más nocivo para el bolsillo y, sobre todo, para la educación de los hijos, confundir sensatez con tacañería; filosofía propia; con insurrección antisocial.
Ahora que llega mayo, las Primeras Comuniones constituyen ejemplo de manual de esa obsesión por el dispendio desmesurado que nos invade. Queremos lo mejor para los pequeños. Y por eso,  ese día tan especial merece unos fastos faraónicos que estén a la altura. Vestuario, convite, agasajos... ¿acaso se casa la criatura? Al final del día, un reguero de bolsas de regalo desechas y el niño o la niña contentos haciendo inventario vestido de marinerito o de princesa infanta. Objetivo cumplido. A la mierda todo lo demás, incluidos los valores y las creencias. 
Este año quizá esta imagen no se repita tanto. Cuando no hay al menos se aprende a priorizar. Un traje mono y asequible y una fiesta-merienda casera con estrecheces, risas y carreras también tiene su encanto. ¿Estamos tontos o es que no sabemos que de siempre los niños se adaptan a todo, como nosotros? El bolígrafo blanco, el libro de firmas de recuerdo y ese vilipendiado diario de aspecto inmaculado recobrarán protagonismo. No hay problema, que algún regalo bueno siempre cae. Y Eurodisney aparcado, cogiendo moho para cuando vengan tiempos mejores, que con un buen Superhumor de Mortaleo y Filemón los pequeños se van a ir apañando de sobra.

domingo, 21 de abril de 2013

LOS ATLETAS DE PRIMAVERA

Como las moscas cojoneras, aparecen solo con el buen tiempo. Ha llegado la primavera y con ella adornan el paisaje callejero los atletas ocasionales, deportistas fijos discontinuos con muy malas hechuras o incluso a veces hechuras de contrahechos. A diferencia del deportista indefinido de toda la vida, a esta clase de atleta de quita y pon, que avanza por el asfalto con paso inquietante y muy mala cara, no les mueve su espíritu olímpico ni los hábitos de vida saludable. Su leitmotive es la venidera temporada de playas y su afán  por lucir palmito con el bañador nuevo a pie de barra del chiringuito.
La mayoría son devotos del Decatlón, un lugar de culto y peregrinación obligada como La Meca para los que buscan en el consumismo de prendas deportivas (qué daño ha hecho la crisis de los 40) una motivación que les impulse a retomar la actividad física de aquellos años de mocedad perdidos.  Una vez con la cesta llena, camino hacia a la caja, la música de Rocky Balboa empieza a sonar en la mente. Es la señal. Suena el pistoletazo de salida.
Al día siguiente, media hora después de empezar a vestirse, porque aún no se le ha  cogido el truco al brazalete del Mp4, se inicia el desafío. No es fácil arrancar, y menos después de ver a alguien ponerte el culo en pompa a medio metro en el calentamiento y sobre todo cuando un atleta 20 años mayor y con un  estilo lamentable, les adelanta como un rayo en los primeros 100 metros de carrera. Mejor centrarse en uno mismo y distraer el cansancio. Ayuda mucho el Isostar y más aún fijarse en los distintos modelitos y distraer la mente de la falta de oxígeno.
Existen un sinfín de arquetipos en esta kilométrica pasarela del deporte ocasional. El pijo que va todo de marca para correr solo diez minutos y marcharse después al cóctel; el que no se entera que con 120 kilos esas mallas con un peo serán explosión segura; el alma gemela de gustos y de cartera que lleva la misma ropa del Decatlón y hay que hacerse el tonto cuando se cruza; el popular que nos despega las pegatinas con esa camiseta florescente de la última carrera; aquel señor mayor vestido con una indumentaria de Cuéntame (Camiseta Moscú 80); la pareja de guapos cachas de culo respingón; el osito peludo que se empeña en llevar tirantes a pecho descubierto; la gachí buenorra que va con sus perros; el que tira de fondo de armario sin complejos y corre vestido igual que si fuera a pintar su casa, incluidos esos horribles calcetines, y el futbolista frustrado que combina una camiseta del Cádiz con unas calzonas de la Roma y unas medias del Manchester y se queda tan pancho. 
Lo peor de todo es que después de soportar esas horribles agujetas fruto de varios cientos de segundos de esfuerzo, de cuatro o cinco abdominales y de media docena de flexiones pocos son los que consiguen librarse de esa barriga cervecera tan molesta solo en verano. Y los que lo logran, lo echan todo a perder con la primera barbacoa veraniega. Tanto esfuerzo para tirarlo después por la borda con unas chuletitas o una costillas bien de tocinito. ¿Merece la pena toda esta parafernalia para condenarse poco después con una ristra de chorizos al infierno? La respuesta es sí, pero solo un par de meses al año.

martes, 9 de abril de 2013

EL RETORNO DE LAS PAPAS FRITAS CON HUEVO

Nuestros abuelos no conocían los burgers, ni las pizzas ni la comida rápida. En la posguerra, lo más parecido a la fila del McDonald era la cola del racionamiento. Con nuestros padres la cosa mejoró. Se llegaba a fin de mes a base de esfuerzo, austeridad y de echar más horas que el reloj en el trabajo. Entonces beber Coca Cola o Mirinda era casi un lujo. Un litro de Casera para toda la familia y solo los domingos. El resto de días, agua para los niños, vino de garrafa para los padres y a juír. No había elegantes centros de mesa ni servilletas de papel de diseño. El centro de la mesa estaba reservado para esa gran cazuela que olía a gloria bendita. A su alrededor, la familia comía todos a una cada uno con su servilleta de tela.
Luego entramos en la UE (CEE entonces), nos hicimos más fuertes con la OTAN y más ricos con el leuro. Creíamos que teníamos 166 cuando solo teníamos 100. El resto era opulencia inflada, como las palomitas. Y nos sentíamos gente de taco. Y llegó la prosperidad, la modernización,  la occidentalización y la globalización. Sin embargo, nuestros estómagos salieron perdiendo con la buena nueva. Los frigoríficos empezaron a poblarse de congelados, comida preparada, ketchup, mostaza y salsa barbacoa. En  las despensas las cookies jubilaron a las marías. Los bocadillos de chorizo sucumbieron ante los bollicaos y la manteca colorá dejó paso a los cereales de aquel gallo con cara de carpeto. Daba igual. Lo importante era ser del club del G20. Por fin, desde que se perdió Cuba, pintábamos algo en el mundo. Un nuevo estatus que sin embargo acabó con aquella pausa casera de sentarse media hora tranquilos a dar buena cuenta de un plato de comida como Dios manda. 
Hete aquí que llegó la recesión, un guantazo en la cara con la mano abierta que puso las cosas en su sitio, a millones de trabajadores en la calle y a las cuentas corrientes de los más listos a buen recaudo en los paraísos fiscales. 
Pero al menos algo bueno hemos sacado de todo este mamoneo financiero que huele a gran timo de especuladores. Ahora, otra vez, de nuevo se ponen los pies en el suelo y se mira más por el dinero. Gastar en pamplinas vuelve a ser patrimonio de los ricos de toda la vida. Perdemos tiempo, -por desgracia porque a muchos nos sobra-, en hacer cosas que antes las comprábamos hechas. La moda vintage también ha llegado a la cocina; obligada por las circunstancias, pero ahí está. Nos ha llevado a recuperar una de las señas de identidad de la España de los 80: vuelven las papas fritas con huevo. Ni la movida madrileña, ni el tecno, ni las calzonas paqueteras de Maradona, ni las tetas de Sabrina, España en los ochenta era un gran plato de papas fritas con huevo, y a partir de ahí y un buen chusco de pan gravitaba lo demás. 
Con él crecimos, aprendimos a mojar sopones en la yema y descubrimos por qué el aceite de oliva es oro líquido. 
Lo teníamos ahí y no lo supimos ver. Hasta hace nada se comía casi por esnobismo, y aún reconociendo entonces que pocas cosas lo igualan, lo manteníamos en el ostracismo culinario más injusto, marginado solo a momentos de gran desavío. Ahora, años más tarde, la crisis nos hizo recobrar la cordura. Lo hemos rescatado del olvido, junto a sus hermanos mayores, los pucheros y los potages. A un precio al alcance de todos, con infinitas variantes y el sabor de los mejores años de nuestra vida. ¿Se puede comer algo mejor? Quizá sí, pero nada nos sabrá igual.