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domingo, 21 de abril de 2013

LOS ATLETAS DE PRIMAVERA

Como las moscas cojoneras, aparecen solo con el buen tiempo. Ha llegado la primavera y con ella adornan el paisaje callejero los atletas ocasionales, deportistas fijos discontinuos con muy malas hechuras o incluso a veces hechuras de contrahechos. A diferencia del deportista indefinido de toda la vida, a esta clase de atleta de quita y pon, que avanza por el asfalto con paso inquietante y muy mala cara, no les mueve su espíritu olímpico ni los hábitos de vida saludable. Su leitmotive es la venidera temporada de playas y su afán  por lucir palmito con el bañador nuevo a pie de barra del chiringuito.
La mayoría son devotos del Decatlón, un lugar de culto y peregrinación obligada como La Meca para los que buscan en el consumismo de prendas deportivas (qué daño ha hecho la crisis de los 40) una motivación que les impulse a retomar la actividad física de aquellos años de mocedad perdidos.  Una vez con la cesta llena, camino hacia a la caja, la música de Rocky Balboa empieza a sonar en la mente. Es la señal. Suena el pistoletazo de salida.
Al día siguiente, media hora después de empezar a vestirse, porque aún no se le ha  cogido el truco al brazalete del Mp4, se inicia el desafío. No es fácil arrancar, y menos después de ver a alguien ponerte el culo en pompa a medio metro en el calentamiento y sobre todo cuando un atleta 20 años mayor y con un  estilo lamentable, les adelanta como un rayo en los primeros 100 metros de carrera. Mejor centrarse en uno mismo y distraer el cansancio. Ayuda mucho el Isostar y más aún fijarse en los distintos modelitos y distraer la mente de la falta de oxígeno.
Existen un sinfín de arquetipos en esta kilométrica pasarela del deporte ocasional. El pijo que va todo de marca para correr solo diez minutos y marcharse después al cóctel; el que no se entera que con 120 kilos esas mallas con un peo serán explosión segura; el alma gemela de gustos y de cartera que lleva la misma ropa del Decatlón y hay que hacerse el tonto cuando se cruza; el popular que nos despega las pegatinas con esa camiseta florescente de la última carrera; aquel señor mayor vestido con una indumentaria de Cuéntame (Camiseta Moscú 80); la pareja de guapos cachas de culo respingón; el osito peludo que se empeña en llevar tirantes a pecho descubierto; la gachí buenorra que va con sus perros; el que tira de fondo de armario sin complejos y corre vestido igual que si fuera a pintar su casa, incluidos esos horribles calcetines, y el futbolista frustrado que combina una camiseta del Cádiz con unas calzonas de la Roma y unas medias del Manchester y se queda tan pancho. 
Lo peor de todo es que después de soportar esas horribles agujetas fruto de varios cientos de segundos de esfuerzo, de cuatro o cinco abdominales y de media docena de flexiones pocos son los que consiguen librarse de esa barriga cervecera tan molesta solo en verano. Y los que lo logran, lo echan todo a perder con la primera barbacoa veraniega. Tanto esfuerzo para tirarlo después por la borda con unas chuletitas o una costillas bien de tocinito. ¿Merece la pena toda esta parafernalia para condenarse poco después con una ristra de chorizos al infierno? La respuesta es sí, pero solo un par de meses al año.

sábado, 16 de febrero de 2013

LA CICLOSTATIC, LA PERCHA MÁS DEPORTIVA


La ciclostatic es al ejercicio lo que una promesa electoral a un político: efímera, difusa, casi siempre incumplida y olvidada. La tozudez de los hechos, el infame dolor de huevos que produce se convierte en la primera de un océano de excusas para dejarla aparcada de por vida. Siempre hay algo más interesante que hacer, alguna obligación pendiente que surge justo a la misma hora programada para el pedaleo. El reluciente culote reforzado por la taleguilla del Decatlón se queda arrumbiado en el cajón con un solo lavado. Una lástima porque se veía que ahí había un tipito bueno por moldear. 
Al cabo de unas semanas, la ciclostatic se transforma en trastostatic, un armatoste desubicado imposible de colocar después a alguna amistad con la sana ambición de ponerse en forma. Con garaje el problema es menos serio. Pero en un piso de 70 metros, la cosa cambia. Además de que pesa como un muerto y no hay quien la mueva, se ponga donde se ponga siempre estorba. Y lo peor, se inicia una tormentosa relación amor-odio entre dueño y objeto, que a menudo termina con el cacharro colgado en E-Bay a un precio tirado por los suelos. Ni aún así nos libramos tan fácilmente de ella. 
Después de varios arrañazos en las espinillas y algún que otro golpe en la cabeza con el manillar de cuernos parece que a base de porrazos al fin se le encuentra una ubicación adecuada: el cuarto de la plancha. Allí está a salvo de las visitas con niños pequeños que acaban siempre subidos en ellas dando la lata. Resulta un alivio, al menos provisional, comprobar cómo en esta habitación por fin parece que el aparato encuentra utilidad y razón de estar, ahora transformado en una magnífica percha de diseño donde abrigos, toallas, camisas, batas y  muditas tienen su acomodo en esos días tontos en lo que no hay ganas de dejarlos bien colocados en el armario.