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sábado, 9 de marzo de 2013

BUSCO TRABAJO, PERO NO SOY TONTO

El acoso prolaboral es un incipiente fenómeno social que ha surgido en España al albur del crecimiento exponencial de las listas de empleo y la llegada de las nuevas tecnologías a la vida cotidiana. Cerca de seis millones de desempleados sufren en sus propias carnes el marketing agresivo de empresas on line que se dedican a fustigarles con sus ofertas laborales prometiendo la salida del túnel a quienes tienen la desgracia de ser carne de INEM.
El anzuelo se vende en forma de interesante oferta de empleo. El incauto parado se decide a solicitar información. Es entonces cuando se abre un interminable proceso en bucle, que acaba con la paciencia del más bendito y cuyos resultados son tan cuestionables como inexistentes. Una vez mordida la carnada, primero obligan a registrase en el sitio, luego  invitan a rellenar un exhaustivo cuestionario con toda la experiencia profesional y los datos personales (ahí estás perdido) incluidos. 
Después de media hora larga tecleando completando la ficha laboral, el joputa programa te da la opción de adjuntar un currículum. ¿Y entonces, para qué tantas preguntas? La desesperación y las ganas de salir del boquete obligan al interesado a tirar palante y a  aceptar las leoninas condiciones de uso sin plantearse si quiera que  al facilitar el correo o, peor aún, el móvil, se abre la caja de los truenos y se da rienda suelta a la vez a un auténtico bombardeo de promociones comparable a la campaña más febril de cualquier operador telefónico. 
A partir de ese momento la bandeja de entrada se inunda de  ofertas, curiosamente casi nunca laborales.  La mayoría de las veces se trata de "interesantes" y  estrambóticos cursos diseñados para abrir de par en par las puertas del trabajo deseado. ¿Pero si estoy tieso, cómo me voy a gastar un duro en formación? Las propuestas de empleo suelen ser cíclicas, esto es, cada par de meses ofrecen la misma (el reclamo del cliente misterioso en Cuenca es todo un clásico). Además, casi siempre están desfasadas o al pinchar en el enlace salta el epígrafe "not found". 
Después de varias llamadas telefónicas ofreciéndonos el curso de la profesión con más futuro y el correo lleno de spams, caemos en la cuenta. Nos han despelotado por dentro. Se han quedado con la intimidad de nuestros datos personales, un negocio muy rentable, para ellos claro está. Estos listos no timan dinero, timan dignidad.

sábado, 16 de febrero de 2013

LA CICLOSTATIC, LA PERCHA MÁS DEPORTIVA


La ciclostatic es al ejercicio lo que una promesa electoral a un político: efímera, difusa, casi siempre incumplida y olvidada. La tozudez de los hechos, el infame dolor de huevos que produce se convierte en la primera de un océano de excusas para dejarla aparcada de por vida. Siempre hay algo más interesante que hacer, alguna obligación pendiente que surge justo a la misma hora programada para el pedaleo. El reluciente culote reforzado por la taleguilla del Decatlón se queda arrumbiado en el cajón con un solo lavado. Una lástima porque se veía que ahí había un tipito bueno por moldear. 
Al cabo de unas semanas, la ciclostatic se transforma en trastostatic, un armatoste desubicado imposible de colocar después a alguna amistad con la sana ambición de ponerse en forma. Con garaje el problema es menos serio. Pero en un piso de 70 metros, la cosa cambia. Además de que pesa como un muerto y no hay quien la mueva, se ponga donde se ponga siempre estorba. Y lo peor, se inicia una tormentosa relación amor-odio entre dueño y objeto, que a menudo termina con el cacharro colgado en E-Bay a un precio tirado por los suelos. Ni aún así nos libramos tan fácilmente de ella. 
Después de varios arrañazos en las espinillas y algún que otro golpe en la cabeza con el manillar de cuernos parece que a base de porrazos al fin se le encuentra una ubicación adecuada: el cuarto de la plancha. Allí está a salvo de las visitas con niños pequeños que acaban siempre subidos en ellas dando la lata. Resulta un alivio, al menos provisional, comprobar cómo en esta habitación por fin parece que el aparato encuentra utilidad y razón de estar, ahora transformado en una magnífica percha de diseño donde abrigos, toallas, camisas, batas y  muditas tienen su acomodo en esos días tontos en lo que no hay ganas de dejarlos bien colocados en el armario.





miércoles, 6 de febrero de 2013

EL RATÓN DE HIPERMERCADO: EL DESENLACE


Este auténtico paladín de la relación calidad-precio conoce a la perfección el entorno donde se mueve y, por descontado, a los fabricantes que están detrás de las marcas blancas (http://marcasblancas.wikispaces.com/).  Suele tener los oídos bien abiertos en la puerta de los colegios, los parques y los mercados, lo que le permite además mantenerse  al tanto de las nuevas promociones con asombrosa actualización en tiempo real. 
Una vez dentro del escenario de su compra, su instinto de cinturón apretado le lleva además a tener localizadas con precisión milimétrica cada una de las estanterías y productos por muy recónditos que pudieran parecer (el yogur Yoplait, la gelatina neutra o el coco rallado, por ejemplo). No miran nunca el reloj y no se van hasta que no ponen el último tachón con su boli Bic en su detallada lista impresa en papel cuadriculado. 
La palabra improvisación no cabe en su vocabulario. Su modus operandi, exhaustivo y riguroso, nada tiene que envidiar al de Tom Cruise en Misión Imposible. Ha desarrollado un sexto sentido para quedarse siempre en la cola que va más rápida y por su puesto, jamás pide bolsas. Trae las suyas y siempre las justas. Están medidas minuciosamente de manera que entren perfectamente en el maletero del coche dejando el hueco justo para el saco de patatas y la caja de leche.
Y una vez cumplido su objetivo, regresa a su cocina para aprovisionar la despensa, no sin antes examinar dígito a dígito el ticket de compra, algo que ya solo está al alcance de las señoras mayores con permanente. Entran en su vivienda siempre por el parking, a salvo de cualquier vecino indiscreto que pueda obtener cualquier información confidencial sobre su frigorífico, y desde allí con discreción organizan la maniobra de descarga. En cuestión de segundos, los bultos están bien colocados en la despensa y el ratón de hipermercado ya se ha puesto las babuchas de estar por casa, tranquilo, satisfecho por el ahorro conseguido, pero en guardia permanente esperando a que suene de nuevo la alarma de la alacena. 

EL RATÓN DE HIPERMERCADO: EL ORIGEN

Antes no era más que una rara avis, ahora, en la era del recorte, forma ya parte de la fauna habitual de nuestras compras. El ratón de hipermercado se ha convertido por mor de la crisis en una especie casi ya autóctona de los centros comerciales de alimentación. Su aspecto es quizá un poco desaliñado, a veces llevan chándal con zapatos y calcetines blancos-, pero tras esa fachada de estética vintage se esconde una auténtica computadora humana. Las apariencias engañan en este caso más que nunca, y aunque a la hora de decidirse por un producto y depositarlo en el carro pueden parecer lentos como koalas, su decisión final calla muchas bocas. Es el resultado de procesar cientos de miles de precios, toneladas de papeles de propaganda, decenas de ofertas,  descuentos y promociones hasta dar con la elección más económica. 
Lo que para muchos resulta una simple lectura de ascensor o incluso una forma de colapsar el buzón del vecino más antipático; para ellos los folletos del super resultan una herramienta imprescindible: está en juego la supervivencia hasta fin de mes. Las estrecheces de parado obligan a buscar, comparar con la competencia y, si se encuentra algo más barato, ¡tato a la cesta¡

miércoles, 23 de enero de 2013

EL PELO TRAICIONERO



El parado padece sin poder evitarlo un fuerte déficit de paciencia. Hasta la gloria bendita exaspera. Y, cuando se trata de hacer un trabajo de doma de las tareas domésticas, más; porque al desempleado se le cae la casa encima por principio. 
En la batalla silenciosa de las labores de hogar, el mayor enemigo, es, sin duda, el pelo traicionero de cuarto de baño. Ése que, aunque no tenga ni piernas ni brazos, se agarra a su feudo como náufrago a una tabla. Ése que ha hecho correr en vano ríos y ríos de champú anticaída por nuestra cabellera. 
Los hay lacios y esbeltos, -casi da gusto tocarlos de dóciles-; pequeños o cortos,       -los más escurridizos-, y rizados, aquellos de moral dudosa que aparecen siempre cuando llega una visita. Algunos son amables y van a la mano como oveja al redil, pero la mayoría son de naturaleza indomable. Al fin y al cabo no son más que la expresión hecha putada de la venganza del desterrado del cuerpo por causa injusta. Y aunque no tienen cerebro conocido, saben que ellos, solo uno de ellos a la vista, marca la diferencia entre dejadez y limpieza.
Se mueven como pez en el agua en su hábitat natural, escondidos en el grifo del lavabo, mimetizados en las juntas de los azulejos o pertrechados bajo la taza del inodoro. Llevan el camuflaje en los genes. Lo hacen desde que nacen siendo aún pelusas de cabellos hasta que se separan de la epidermis. 
Por eso, el ritual de su cacería precisa recurrir a tácticas bélicas napoleónicas de acoso y derribo al enemigo. Maniobra envolvente, acorralamiento y ataque frontal con bayeta o fregona escurrida. Aún así, a pesar del presunto éxito de la estrategia, si lo tiene,  nunca se puede lanzar las campanas al vuelo. Cuando todo parece estar impoluto y examinamos nuestra obra con la autocomplacencia del deber cumplido,  aparece alguno que nos la ha vuelto a jugar y sigue ahí; impasible, burlón. 
¡No estamos preparados para limpiar contra los elementos¡. La victoria sin embargo resulta tan efímera como un aprobado raspado en la prueba del algodón. En el fondo, nos sentimos presa del síndrome del castigo de Sísifo. Sabemos que volverán y que la guerra la tendremos siempre perdida porque el enemigo "lleva pelo".

domingo, 13 de enero de 2013

EL TIEMPO RALENTIZADO

Para un parado todo sucede más despacio. La vida va más lenta y el reloj resulta más útil en el cajón que en la muñeca. La prisa se contempla con envidia y hasta con morriña de aquellos tiempos de estrés perdidos. La nueva rutina llena de horas muertas a pesar del eterno bucle del trabajo de buscar trabajo hace que se recuperen algunas costumbres olvidadas. De nuevo se espera a que el muñeco del semáforo se ponga en verde para cruzar, se cede gustosamente el paso al subir al autobús, la película de la calle comienza a ser interesante, el enfoscado de vías y obras acaba cobrando una nueva dimensión contemplativa... 
El corazón solo se acelera a la hora de dejar a los niños en el colegio, cuando toca echar un vistazo a la hipoteca o las facturas y sobre todo, con esa guantada a mano muerta de realidad que supone renovar una vez más la tarjeta de demanda de empleo.  Ahí sí que se nota el pasar del tiempo convertido ahora en ansiedad sufrida en silencio prima hermana de la autoestima.  Autoestima, divino tesoro, ¡tú que te fuiste sin avisar y solo con billete de ida¡

viernes, 11 de enero de 2013

MÁS COLAS EN EL INEM QUE EN LAS REBAJAS

En las oficinas del paro hay más gente que en las rebajas. Ojeras, ropa triste, cabellos mal peinados, algunas legañas, estética despreocupada, expresiones de rostros entre desesperados y resignados... Parece la feria de Tristón. En la tómbola en vez de perritos pilotos te toca un número para la C16. Todos con la cara de tener la cabeza en otro sitio... El ambiente  te corta el cuerpo. Te invita a salir corriendo. O mejor, a llamar al Lobatón para que te ayude a encontrar ese trabajo que anda por ahí perdido y que tú necesitas...
Ahí va un video que rompió un día esa dinámica; aunque solo fuera por unos minutos, estos músicos de INEM al menos consiguieron arrancar una sonrisa a esos rostros anónimos que forman ya una desesperada comunidad de seis millones de personas en España a la espera de que lleguen las rebajas a las cifras del desempleo.