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domingo, 4 de agosto de 2013

EL BOCATA SOBRERO

Fin de semana muy temprano en agosto. Legañas en los ojos. Panadería recién abierta. "Sí, tengo los diez céntimos sueltos. Aquí tienes. Condió". Se activa la operación dominguero. En casa huele a tortilla de papas o a filete empanao, según menú elegido. Los más modernos se atreven con una ensalada de pasta, pero pa qué dieta si al final se traga uno todo lo que le ofrecen. Todo controlado, menos la misma duda de siempre a la hora de pertrechar la mochila: ¿Cuántos bocatas echamos? 
La ciencia aún no ha podido responder esta pregunta. Da igual la cifra; impepinable, llegará uno de vuelta. El bocadillo sobrero sobrevive siempre el hambre playera, y mira que se devoran alimentos. Ya se sabe, el sol, la playa, la cervecita, el tinto, los bañitos, el calor, trasiego de tapers... hambre a destajo y si no hay se inventa, que es un día muy duro y se come siempre en postura inverosímil.
Recogemos, la basura al contenedor (necesitamos uno entero para toda la caterva). Los aperos al hombro. Pesan como un muerto. ¿Es necesario llevar y traer todo esto? Otra duda existencial. El niño rebozado en arena después de enjugarlo, el coche perdío, mojao y oliendo a marisma. Caravana y vuelta a casa. Se abren las bolsas para hacer inventario y ahí está bien escondío, se volvió a colar. No se sabe si porque se guardó en la bolsa equivocada o porque alguien lo quiso y le dio corte pedirlo, pero el bocata sobrero llega a casa intacto, como un pincel, aunque más recalentao que cuando salió y con el pan en textura chicle, claro. Junto con las llaves del coche, lo único que regresa sin un solo mordisco.
El problema llega después, porque nadie sabe qué hacer con él. Unos le sacan el pan y se cenan el embutido por la noche con picos y otros, los más hipócritas, lo meten en el frigorífico para "más adelante", como si no supieran que el pan envuelto en papel de aluminio al frío se pone pétreo casi al instante. En ese caso solo es cuestión de horas que ese stock de emparedado rehusado se quede cogiendo solera en el rincón más oscuro de la fresquera días y días, hasta que algún valiente se decide a tirarlo la basura. Aunque no siempre ocurre ese triste final. Si en casa vive la abuela, se lo acaba comiendo ella, sin rechistar, jugándose el tipo y su detadura postiza. "Aquí no se tira nada, que hay mucha hambre en el mundo, dice con la boca llena". 
Domingo, playa, bocadillo sobrero que retorna a casa por verano... Es esa sensación de haber vivido esto antes o tal vez de haberlo visto en el programa ese de Callejeros alguna de estas noches con un ojo abierto y otro cerrado.

viernes, 22 de febrero de 2013

LA INVASIÓN DE LOS TAPER

Los devastadores efectos de  la progresiva colonización de la despensa de esta especie invasora
 se ponen más que de manifiesto en esta instantánea cedida gentilmente por un damnificado

Entran en casa directos al frigorífico, embalados  en una bolsa usada del super bien sellada, generalmente con un nudo versión casera del haz de guía. Es esencial que no se salga la salsa. Cualquier fuga resultaría  letal para la tapicería del coche, y, lo más traumático, podría echar por tierra la ilusión del mejor momento del día siguiente. Los taper prestados siempre son bien recibidos. No en vano, vienen cargados  con una ración generosa de los guisos de la abuela, la madre, la suegra... esa bendita familia que no necesita ninguna estrella Michelín para que todo el mundo sepa que lo bordan en los fogones. A menudo resultan un cable que no tiene precio, especialmente los fines de semana de mañana resacosa, sobre todo para los que lo único que saben de cocina es apretar el botón del microondas.
Pero una vez cumplida su función, la cosa cambia radicalmente. El aclamado taper emprestao se convierte en un estorbo que siempre se olvida de devolver. Poco a poco va haciéndose fuerte en la estantería y se multiplica en número a razón de dos pucheros semanales. Cuando eso sucede, ese inofensivo utensilio inanimado se ha transformado ya en una especie invasora del ecosistema culinario, que se confunde y extravía a los tapers autóctonos. En un proceso no por lento menos dañino van copando cada vez más espacio otrora destinado a las tazas, el aceite o el azucarero. Primero la balda de abajo del mueble, luego el techo del microondas, después el frutero y, si no se pone freno a tiempo, se convierte en una auténtica plaga que coloniza con su estética dudosa los rincones anónimos de la casa, llegando incluso a provocar peligrosos aludes de cacharros que van directos a la cabeza de la víctima.
La invasión silenciosa de los tupperware es una pandemia a pequeña escala de difícil solución. El único antídoto conocido es el fregado en el lavavajillas, lento pero eficaz. Las pastillas y la cal los van deteriorando poco a poco hasta que los convierte en inservibles, bien porque se rajan, bien porque no cierra su tapadera y entonces, y solo entonces, sí que ya no hay excusas ni remordimientos para tirarlos de una vez por todas a la basura, en el contenedor amarillo, claro está.